lunes, 27 de enero de 2014

MI ÁNGEL



MI ÁNGEL


Cuando llego está tumbado en el suelo de la perrera entre otros muchos animales abandonados. Es uno de los cachorros más chicos de este lugar ruidoso y dorado, donde aguardan, sin mucha esperanza, los perros recogidos una familia que los acoja. Me fijo bien y veo un mestizo de trufa despigmentada con una gran herida en el belfo izquierdo, un regordete trozo de carne peluda y amarilla que sale corriendo, cual bola incandescente, entre las patazas de sus congéneres más fuertes, dejándose llevar de un lado a otro.

- Ese perro grande le ha mordido -me dice la cuidadora-, seguro que se le queda la cicatriz.

Se me acerca con el miedo de quien guarda malas experiencias en su haber y me observan sus ojos de miel, fuego infinito, mientras mueve nervioso el rabito. Acaricio la tibia ternura de su tacto cálido como el primer rayo de sol en primavera después de un largo invierno y noto que el rechoncho chucho huele a pipas de girasol.

Cojo al cachorro entre mis brazos -pesa ya y se adivina el perrazo que llegará a ser-, contengo la pena por no poder adoptarlos a todos.

- Me llevo este

Una finísima cuerda invisible se tensa tras de mi, suspendida en el aire, tirando hasta que se rompe, se corta, se quiebra en miles de alfileres plateados y punzantes. Lo miro, estremecida ante tan difícil elección, salgo andando sin girar el rostro hacia los demás.

Me mira y, durante un breve instante, siento cómo desde su menudo corazoncillo me ladra:

- Gracias

Rosales