jueves, 10 de septiembre de 2015

Soy Estela








Soy Estela


Lo vi al final de la barra. No había cambiado nada:
los mismos ojos oscuros, el cabello rizado, la sonrisa más bonita del mundo. Seguía siendo el endemoniado imán que me había desordenado la vida por entero.
Allí estaba tomándose unas Coronitas e intentando decidir con qué fulana se iba esta noche. Todo igual.
Yo había entrado solo para comprar un paquete de "Malboro". Conocía bien el lugar porque había trabajado allí durante ocho años.
Era puta en ese club, la puta preferida del hombre que ahora bebía sin ni siquiera mirarme, y lo seguí con los ojos sintiendo de nuevo ese puñal en los ovarios que me rasgaba las entrañas.
-Será cabrón- pensé-, ni siquiera me reconoce con ropa.
Pero algo hizo que mi atención se dispersara. Un hombre vestido con cuero negro se abalanzó sobre mi antiguo amante. Era un tipo rudo que soltaba tacos y escupía mientras le llamaba bastardo y le hendía una navaja en las costillas.
El antro cambió de sonido. Gritaban las putas y el camarero intentó contener al indeseable del cuchillo con dos puñetazos, pero el mal ya estaba hecho.
Agonizaba el herido sobre un gran charco de sangre cuando llegó la policía. Al tipo del arma blanca se lo llevaron al calabozo tras quedarse ronco de maldecir al abatido.
-Eres un mierda. Prefiero pudrirme en la cárcel a saber que sigues vivo.
- Y añadió:
-esto no ha acabado. Te buscaré en el mismo infierno-.
Y allí se quedó mi antiguo amor. Tendido sobre el suelo del club más asqueroso de los suburbios de Nueva York. Entre mis brazos.
Lo odiaba, lo odiaba con todas mis fuerzas porque me enamoré, hasta tal punto, que ya no podía trabajar con otros hombres.
Después de tantos años, nada había cambiado. Ni sus ojos oscuros ni la sonrisa más bonita del mundo.
Y, cuando exhalaba el último aliento, me acerqué a su oído y le dije:
-soy Estela, y tu hijo pregunta todos los días por ti.



Rosales