jueves, 8 de octubre de 2015

DE FUEGO




DE FUEGO

Llevaba huyendo tres días y tres noches, y se había perdido en ese bosque oscuro y tenebroso donde las ramas de los árboles parecían cobrar vida entre las sombras.
¡Dios, qué asco! ¡Qué maldito estigma le había abocado a tener que pasar su penoso existir como un eterno fugitivo a causa de una mancha de nacimiento en al ángulo derecho del abdomen!
Él se sentía un muchacho normal, sin las capacidades extrasensoriales que le atribuían las antiguas profecías. Un nómada solitario, acostumbrado a esconderse de los soldados del reino y de cualquier hálito humano que le pudiera suponer una amenaza.
Apenas llevaba ropa y tenía varias cicatrices sobre el pecho jadeante, sudoroso y adornado por un abundante y larguísmo cabello castaño que le daba el aspecto de un salvaje.
Dormía, cada ocaso, sobre un lecho de hojas secas sin más abrigo que la luz de las estrellas y se alimentaba de frutas silvestres y animalillos que apenas saciaban su hambre.
¡Dios, qué asco! ¿Dónde estará el mullido regazo de su madre? ¿Dónde, aquellos ojos claros en los que se hubiera perdido para siempre?
Muertos, todos muertos, como todo aquél que se le aproximaba.
De pronto, a lo lejos, oyó el frenético galope de los caballos y el ladrido de la jauría de los perros. Los esbirros del rey lo habían encontrado.
Era cuestión de tiempo que le dieran caza....,de muy poco tiempo....
Frente a él, un ejército de hombres le cerraba el paso. Sentía el golpe de la sangre en la boca, le hervían los huesos y una furia desconocida hasta entonces iluminaba sus ardientes pupilas. No había escapatoria, era el final.
Y, cuando estaba atrapado en la red que le habían tendido alrededor de su musculoso cuerpo, el joven se hizo un ovillo y cerró los ojos unos segundos hasta que toda su piel ardió formando una sobrecogedora hoguera infernal que produjo una combustión expontánea y completa.
No quedó nada, nada más que una mancha negra sobre el suelo y un arcoiris gigante en la mitad del cielo.
La luz resplandeció, por fin, sobre la faz de la tierra y la profecía...se había cumplido.

Rosales