martes, 24 de noviembre de 2015

Se llamaba Helena, con h



Se llamaba Helena, con h, y su apellido era Lee.Tenía unos 27 años y decía ser la hija de una bailarina griega y un "gentleman" londinense.
Se ganaba la vida dando clases de inglés en una pequeña academia del centro de Madrid y todo lo que tenía que ver con ella estaba cubierto por un halo de misterio.
Escandalosamente bella, se rumoreaba que en realidad usaba el recinto de tapadera para atrapar a sus víctimas porque, en los últimos días, habían sido denunciadas las desapariciones de dos de sus alumnos varones, blancos y buenos estudiantes de la lengua extrajera.
Los familiares, angustiados por tanta ausencia, exigieron a la policía que abriera una investigación sobre el extraño caso.
Mateo, agente con quince años de experiencia y nervios de acero, se personó en el domicilio de la "teacher" con la intención de esclarecer el asunto.
Le abrió la puerta una extraordinaria criatura que lo invitó a pasar mientras el hombre sentía que le flaqueaban las piernas.
¡Dios!, ¡qué mujer! ¡Y con qué endemoniada perfección parecía flotar sobre el suelo!
La intranquilidad de Mateo fue en aumento cuando ella no se dignó a responder a ninguna de sus preguntas. Se limitó a mirarle con desdén, a jugar con su pelo, a cruzarse de piernas...
Los vecinos oyeron gritos, súplicas y golpes. Y luego silencio. Solo silencio.
Vinieron, más tarde, otros agentes a registrar la casa. Ella sostuvo, en el interrogatorio, que Mateo salió por su propio pie después de haber anotado amablemente su respuestas y que, además, le había parecido un hombre encantador.
No se pudo demostrar nada. Nada en absoluto.
Helena sigue dando clases de inglés. De vez en cuando, le viene a la boca el sabor de sus alumnos, y de Mateo aún queda en el hogar el delicioso olor de su carne cocinada...


Rosales