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sábado, 22 de noviembre de 2014

Mi Gato



Mi Gato
.

Mi gato es travieso, revoltoso, juguetón; tan cariñoso que no parece un felino
. Tiene el pelo brillante y gris, que almohadilla su cuerpecillo cálido de esponja.
Solo tenía dos meses cuando lo recogimos de la calle y se pasó un día entero
escondido detrás del mueble del salón.
-Tigre, maullas sin ganas y estás ronco. Sal.

Tigre es un gran cazador y practica con mis piernas a todas horas.
Se agazapa en las sombras del pasillo y, cuando me ve pasar,
me atrapa con sus zarpitas de gato callejero.
-¡Tigre, no!, ¡que me asustas!

No le gusta estar solo. Me sigue por toda la casa como un muñeco de trapo
con corazón y, luego, pone carita de pena para que lo coja en brazos o protesta
porque quiere tumbarse conmigo en el sofá.
Sale cuando quiere a dar paseos por el jardín y, para mi disgusto,
trae como trofeo algún bicho; a veces le riño para que no arme alboroto entre los pájaros.
Es entonces cuando muestra el animal que es, posa sus ojos verdes
en algún punto del infinito....y no me hace caso.


Rosales



Forma: Prosa Poética

Pinturas de Oxana Zaika


lunes, 28 de julio de 2014

LA GUERRA




LA GUERRA


Un resplandor arde en el cielo. Ya no se escucha el silbido de las balas ni me duele la herida de metralla que me parte el pecho. La trinchera es una pestilente tumba bajo la lluvia. Hay trozos de soldados por todas partes; manos pequeñas, miembros despedazados, torsos desnudos cubiertos de lodo... Los heridos gritan, mutilados, pidiendo ayuda, maldiciendo a Dios, a la patria, a la puta muerte.
Me acerco a un muchacho, casi un niño, para incorporarle y evitar que se ahogue con su propia sangre, pero parece no escucharme. No me ve. Mis manos lo atraviesan, como si fueran humo, mientras exhala el penúltimo estertor.
Desde la espina dorsal, que ya no tengo, siento un espantoso escalofrío. Es la guerra. Y yo estoy muerto.

Rosales



Foto:
El Guernica de Picasso

martes, 24 de junio de 2014

AZUL



AZUL
.

Bajo el azul mural del horizonte,
en el camino hacia ninguna parte,
hundí mis pies de goma entre las piedras.
Nada esperaba del orbe sin destello
tras la puerta del fracaso.
La lágrima gigante de los espejos,
desde una cuna de humores rojos,
murmuraba que mi nombre era Invisible.

El plomo afilado de los colmillos de Dios
mordió el bisbiseo intercostal
de mi parálisis autodestructiva.
Allí, ínfima por el insultante
sol de septiembre,
besé el aliento de los peces negros
en los ojos de tu espalda,
confundiendo seno, estrella, mano y noche.

Silbó la flauta húmeda
sobre la linea isoeléctrica apical, y nos amamos.
Te quiero. Te quiero. Te quiero.
Y el infinito azul lo lleva escrito en mayúsculas.


Rosales

Forma: Versos Libres
Foto:
La Noche Estrellada
-1889
-
Vincent Van Gogh


face

lunes, 27 de enero de 2014

MI ÁNGEL



MI ÁNGEL


Cuando llego está tumbado en el suelo de la perrera entre otros muchos animales abandonados. Es uno de los cachorros más chicos de este lugar ruidoso y dorado, donde aguardan, sin mucha esperanza, los perros recogidos una familia que los acoja. Me fijo bien y veo un mestizo de trufa despigmentada con una gran herida en el belfo izquierdo, un regordete trozo de carne peluda y amarilla que sale corriendo, cual bola incandescente, entre las patazas de sus congéneres más fuertes, dejándose llevar de un lado a otro.

- Ese perro grande le ha mordido -me dice la cuidadora-, seguro que se le queda la cicatriz.

Se me acerca con el miedo de quien guarda malas experiencias en su haber y me observan sus ojos de miel, fuego infinito, mientras mueve nervioso el rabito. Acaricio la tibia ternura de su tacto cálido como el primer rayo de sol en primavera después de un largo invierno y noto que el rechoncho chucho huele a pipas de girasol.

Cojo al cachorro entre mis brazos -pesa ya y se adivina el perrazo que llegará a ser-, contengo la pena por no poder adoptarlos a todos.

- Me llevo este

Una finísima cuerda invisible se tensa tras de mi, suspendida en el aire, tirando hasta que se rompe, se corta, se quiebra en miles de alfileres plateados y punzantes. Lo miro, estremecida ante tan difícil elección, salgo andando sin girar el rostro hacia los demás.

Me mira y, durante un breve instante, siento cómo desde su menudo corazoncillo me ladra:

- Gracias

Rosales