Fuego
Me seducen las llamas del fatídico apego.
Cuando logro evadirme de su influjo candente,
siempre vuelvo al sendero del calor recurrente...
porque sigo el dictado de las normas del juego.
No me ayudan la rabia ni la angustia ni el ruego
y me asomo a la hoguera del peligro inminente,
con la sangre cuajada, el espíritu ausente,
tras la nimia esperanza de alejarme del fuego.
A menudo pretendo que se extinga o se vaya
y, otras veces, deliro por la fuerza canalla
que me lleva al reposo de la cómoda pira.
Lo desprecio y lo aguanto como al mal necesario,
necesito la chispas de su abrazo incendiario
aunque sé de verdad que su amor es mentira.
Rosales

















